Somos historia, somos presente: por qué las mujeres seguimos necesitando muchos 8 de marzo.

Victoria Robles Sanjuán. Área Feminismos, instituciones y políticas de igualdad de Podemos-Granada.

“Las españolas, cierto es, no han luchado las primeras por ser médicas o abogadas: pero esto no quita el que nuestras médicas hayan tenido y tengan que luchar con dificultades mucho mayores que aquellas con que tropezaron en un principio las médicas extranjeras“.

Margarita Nelken. La condición social de la mujer en España, 1919.

Lo que costaba tanto a unas, costaba incluso más a otras. No le falta razón a la escritora y diputada a Cortes Margarita Nelken, cuando ella misma tuvo que pagar un alto precio al ver censurada una obra que nació ya polémica, escandalosa y revolucionaria, tres apelativos que llegaron inesperadamente a alguien que se limitaba a proclamar, nada más y nada menos, la soledad de las mujeres en libertad, la legalización de los derechos de igualdad y el desempeño de una profesión sin más restricción que las mismas capacidades.

La dificultad de que las mujeres irrumpieran en espacios acostumbrados a las presencias históricamente masculinas sólo pudo entenderse por un complejo entramado de intenciones para que nada cambiara en la vida de las mujeres, ni el papel de las mujeres en el hogar -“la mujer que trabaja no es mujer”, decían los moralistas del siglo XIX-, ni la supuesta competencia que su trabajo asalariado suponía para sus compañeros varones -“¡fuera de nuestras fábricas!”, espetaban-.

Lo polémico del 8 de marzo.

A comienzos del siglo XX las mujeres trabajadoras de fábricas, minerías, zonas rurales, comercios o empresas llevaban décadas haciendo el ejercicio simple de comparar sus condiciones de vida y trabajo con las de sus compañeros. Fue impactante para aquella sociedad poco acostumbrada a verlas protestar en huelgas y mítines ir comprobando como ellas llenaron de argumentos la necesidad de mejorar sus condiciones de trabajo: mejores sueldos, mejores condiciones sanitarias, educación para las obreras, protección para su prole y tiempo para cuidarla sin tener que abandonar el trabajo asalariado. A eso le llamaron doble explotación y doble moral sexual, que a ellas las reubicaba una y otra vez en el hogar, en la mano de obra barata que al capitalismo tanto interesaba, o en las larguísimas jornadas de trabajo rural o fabril en condiciones materiales y humanas deficientes.

El que la sociedad, los patronos y el capitalismo de la época contemplaran con asombro verlas sindicadas, en huelgas o interpelando a sus patronos no fue lo polémico. Lo polémico se conformó desde el momento en que ellas generaron contradicción entre su condiciones de esclavas doblemente juzgadas como trabajadoras y mujeres, y la de sus compañeros varones, rompiendo así los moldes de la feminidad más subyugada y silenciada. Fueron ellas quienes introdujeron polémica al llevar al campo político derechos que ya habían conquistado los varones, advirtiéndoles: “tenemos trabajadores y trabajadoras un enemigo común, el capitalismo”, como una máxima que les ayudara a reenfocar el verdadero problema común.

Lo escandaloso en un 8 de marzo.

A cualquier persona que ojee hoy en día las condiciones de vida de las mujeres buscando razones para hablar de progreso y adelanto social no se le escapará lo escandaloso de las desigualdades por las que las mujeres no logran asegurar sus derechos, los mismos que muchos hombres hoy están perdiendo.

La pobreza es fundamentalmente femenina: tres de cada cuatro mujeres en programas de ayuda viven en hogares de extrema pobreza, y esto ocurre en España.

Una de cada tres mujeres en 2015 no se benefició del permiso de maternidad, y el 96% de las personas que permanecieron “inactivas” por su dedicación al cuidado de su prole fueron mujeres. ¿En quiénes sigue recayendo hoy la responsabilidad de cuidar de la comunidad-familia? La educación familiar y escolar no ve este problema como un problema necesario al que buscarle alternativas que transformen los roles sexuales.

Y si hablamos de las “viejas” desigualdades salariales, observamos que, por ejemplo, en Andalucía ha aumentado la diferencia entre lo que cobran las mujeres (un 14% menos) y los hombres, lo que en algunas provincias, como es el caso de Granada, alcanza la cifra de un 24%. Esto no se traduce en mejores puestos de trabajo para las que sí trabajan en el mercado de trabajo, pues el sistema las reconduce a los puestos a tiempo parcial, peor pagados y valorados. La empleabilidad de las mujeres, según el INE, por concluir este aspecto, es un 20% menos en las mujeres que en los varones.

A las mujeres se les asesina año tras año en nuestro país, se les maltrata en su cotidianeidad sin que se determinen acuerdos globales que busquen soluciones como prioridad social y política. Los recortes, como ha sido denunciado sistemáticamente por organismos nacionales e internacionales, generan más violencia. Todo ello constituye un grandísimo escándalo por el que merece la pena gritar alto y claro: ¡no podemos seguir así!.

Lo revolucionario desde el 8 de marzo.

Desde antes del 8 de marzo de 1914, las mujeres y aquellos hombres que comprendieron el significado de la vida democrática necesariamente con las mujeres, persistieron en profundizarla, poniendo en el centro de la POLÍTICA la vida humana, el interés colectivo y sus problemáticas.

Hoy nos respalda la conciencia que como sociedad hemos construido para trabajar desde lo colectivo en la transformación de nuestras desigualdades, para ser conscientes de que hoy las mujeres y los hombres tenemos dos problemas que se llaman patriarcado y capitalismo, que limitan nuestras vidas, afectos, restando dignidad y esperanza. La revolución es aunar fuerzas en torno a nuestros espacios públicos como lugares de convivencia, de trabajo, de lucha y de justicia. Lo verdaderamente revolucionario es trabajar para ser libres e iguales. Nos lo debemos. Vayamos el 8 de marzo a decirlo, alto y claro.