Las naves de Automovilismo y la Granada que se encoge de hombros

El año 1966 se derribó el Teatro Cervantes, un valioso inmueble neoclásico inaugurado en 1810. En su ubicación se construiría enseguida un anodino edificio de viviendas y oficinas que roba por igual la luz a las contiguas plazas del Campillo y Mariana Pineda. Unos años después, Juan Manuel Barrios Rozúa incluía el Teatro Cervantes en su magistral Guía de la Granada desaparecida junto con decenas de conventos, iglesias, palacios, arcos y casas de mérito a los que la ciudad de Granada ha renunciado a lo largo de los siglos en nombre del progreso.
Seguramente muchas personas en la Granada de 1966 se encogieron de hombros al conocer el derribo del Cervantes: al fin y al cabo, pensarían, el Cervantes no era la Alhambra. Esas personas ignoraban que al encogerse de hombros no estaban sino reproduciendo el mismo gesto con el que durante siglos muchos antepasados suyos asistieron al derribo del Convento de San Agustín, al de la Iglesia de San Gil, al del Arco de las Orejas y, sí, al abandono de la Alhambra durante los siglos XVIII y XIX hasta su declaración como monumento nacional en 1870.
Siempre tenemos la esperanza de que hayan pasado definitivamente los tiempos en los que Granada se encogía de hombros ante las sucesivas pérdidas de su patrimonio. Sin embargo, el gesto ha vuelto a repetirse esta misma semana. En un reportaje publicado en este mismo periódico (“Tiran el cuartel de Automovilismo para transformar el barrio de Pajaritos”, Ideal, 3 de mayo de 2019) Isabel García-Trevijano da fe del alborozo con el que portavoces de las asociaciones de vecinos de los Pajaritos y del Camino de Ronda acogen el derribo de los edificios del antiguo Cuartel de Automovilismo. El alborozo es comprensible dada la descripción del lugar como un “nido de ratas” a merced de vándalos y la perspectiva de que la reordenación de la zona incluya un parque y un vial que comunique los dos barrios mencionados. También es comprensible por los problemas de ambos barrios, la escasez de parques y servicios y las promesas incumplidas que ahora se pretende hacer olvidar con esta operación. Menos comprensible es que, según el reportaje, la Asociación “Granada Histórica” considere que no hay problema en la demolición de uno de los elementos del complejo, dos naves adosadas que datan del primer cuarto del siglo XX, dado que la edificación posee solo «protección singular» y el PGOU no prohíbe su demolición.
En un artículo publicado también en Ideal (“Salvemos la arquitectura industrial granadina”, 1 de agosto de 2008), Miguel Giménez Yanguas y José Miguel Reyes Mesa se referían a estas naves ahora derribadas. Según ellos, seguramente se construyeron para ser utilizadas como talleres de la Fundición Castaños. Aventuran la hipótesis de que los planos pudieron ser obra de Ángel Casas, el mismo arquitecto al que la ciudad debe edificios tan característicos como la Plaza de Toros, la Biblioteca Pública del Salón, el Palacio Müller y varios inmuebles más en la Gran Vía. De ser así, las construcciones de Ángel Casas en el distrito Ronda estarían gafadas, pues ya se derribó hace años un edificio de su autoría que se alzaba en la esquina del Camino de Ronda con la calle Almenillas. En cualquier caso, y a pesar de no haber merecido la consideración de BIC, esas naves eran parte de la historia de la ciudad y dos vestigios de nuestro escaso patrimonio arquitectónico industrial que merecía la pena conservar y a los que se podría haber dado un uso cultural, educativo y asociativo que tanto se necesita en Granada.
El derribo del Teatro Cervantes seguramente se ajustó al ordenamiento legal (lo que no impide que, por ejemplo, César Girón lo lamente, con razón, en un artículo publicado también en Ideal el 8 de agosto de 2016). También fueron conformes a la ley los derribos de edificios eclesiásticos que siguieron a las expropiaciones autorizadas por la Desamortización de Mendizábal; pero son tan lamentables como estas recientes pérdidas de nuestro patrimonio industrial. Para evitar que las pérdidas continúen, la candidatura de Podemos-IU, Adelante que encabeza Antonio Cambril, la única que ha protestado por el derribo de las naves, propone la realización de un inventario público del patrimonio histórico industrial. Quedan aún ejemplos importantes de ese patrimonio que salvar. El más llamativo es el de la Azucarera de San Isidro, para el que esta candidatura ha presentado también un ambicioso plan de recuperación.
No hay que engañar a la ciudadanía presentando una falsa dicotomía entre conservación y progreso. La historia nos enseña, por ejemplo, que los admirables edificios de la Gran Vía podrían haberse construido en otro lugar sin necesidad de destruir el pintoresco barrio sobre el que se trazó la avenida. Tampoco era necesario destruir estas dos naves para proporcionar un parque y una necesaria calle de conexión a un vecindario que, además, podría disfrutar en el futuro de los equipamientos y la visión de esos elegantes edificios de ladrillo. Pero nuestras administraciones han decidido una vez más encogerse de hombros y justificar esta nueva pérdida de patrimonio mediante una dicotomía falaz (ratas o parque). De nuevo, se han antepuesto los intereses particulares (no olvidemos que la operación incluye la promoción de viviendas) a los del conjunto de la ciudadanía.
Nuestro admirado Juan Manuel Barrios Rozúa es demasiado joven para tener nietos, pero si algún día uno de sus nietos o nietas decide añadir un apéndice a la Guía de la Granada desaparecida seguro que incluye en ese apéndice las dos naves del Cuartel de Automovilismo. Unas naves que se derribaron el otro día sin que nuestras autoridades sordas se inmutaran por el ruido de las excavadoras.

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